Perdonen la tristeza


  Siempre me dijeron que sería escritora. Y de las buenas. Me lo repitieron profesores, familiares, amigos… y, por qué no decirlo, también algún que otro jurado de concurso literario. Esa certeza ajena, esa predicción popular, me acompañó durante mucho tiempo a modo de maleta y, también a veces, a modo de escudo. De maleta, porque en mi cabeza lo mejor siempre estaba por llegar: porque un día tendría que irme corriendo a un lugar lejano a documentarme para un reportaje de plena actualidad o, quizás, debería acudir a un rincón olvidado a rescatar con un artículo su encanto turístico o, sencillamente, un día buscaría un lugar exótico en el que inspirarme para mi primera novela. Esa misma profecía de andar por casa, la de que mis historias llenarían páginas, también fue una cómoda trinchera en la que aguantar cuando el resto de mis planes fueron cayendo uno a uno, cuando ya no podía ser arqueóloga, ni profesora ni, a veces, feliz: cuando no quedaba cuartel en el que refugiarse. 


  Y ese era el problema, que siempre acudía a la pluma cuando no podía más. Cuando la vida me vencía y los malos campaban a sus anchas por mi cama. Sabina dice que no escribe canciones cuando es feliz. Y yo le creo. Sus mejores versos — que siempre son los más tristes— no pueden nacer sino de la verdad. Pero, ¿y si ese retiro, el de la desdicha, está reservado para los genios? ¿Debemos el resto de los mortales escribir desde la serenidad? 


  Formo parte de la generación perdida. Más en concreto, del sustrato más humilde de la generación perdida: el que estudió gracias a becas y a trabajos a media jornada. Y, seamos puntillosos, soy, además, parte de ese bizarro colectivo de idealistas que, contra toda recomendación, estudió “letras”. Los míos, titulados en plena crisis, sin apenas recursos y con una formación que la sociedad española se empeña en desvalorizar — cuando no en ridiculizar— no estábamos perdidos, estábamos en un puto laberinto sin salida y, sin ni siquiera, una de esas grietas de las que hablaba Cohen, esas que hay en todo, por las que entra la luz.


  Ahí, en ese laberinto de altos muros de hormigón armado, en la oscuridad, me insistían: “escribe, escribe, escribe”. Pero yo no podía: tenía planes que trazar,  trabajos que encontrar, facturas que pagar, ansiedades que calmar, deudas que saldar y relaciones que salvar. Sin embargo, en ocasiones, me percataba de la que juventud se me estaba escurriendo entre los dedos y se me ocurría que si no tenía tiempo para vivirla, al menos podría escribirla ( “algunas veces vivo y otras veces la vida se me va con lo que escribo”). Y era entonces cuando pensaba en la frase Sabina y me preguntaba: “¿Cómo se escribe desde la tristeza?” Todo lo que tecleaba en mi viejo portátil sonaba a blues desafinado, nunca conseguía escribir “la historia  más hermosa del mundo”.


  Desencantada de la escritura, me volqué aún más en la lectura. Leer para viajar, leer para aguantar, leer para no estar . Y me topé en la red con un “escribir pese a todo, escribir pese a la desesperación”. Lo dijo una tal Marguerite Germaine, autora del siglo XX. Continué navegando y llegué a un blog sobre literatura, uno de tantos, ni siquiera estaba entre los que suelo visitar habitualmente. En él, la autora explicaba: “En tiempos oscuros la ficción es más necesaria que nunca. Porque necesitamos, como sociedad, creer que las relaciones humanas sirven para algo más que para que cada cual busque medrar, que procurar el bien ajeno es un rasgo positivo, que el mal existe, pero se le puede combatir. Aunque sea en una galaxia muy, muy lejana…”.


  Solo entonces comprendí la escritura desde el otro lado: desde el que lee y no desde el que escribe. Yo quería escribir felicidad porque deseaba ser feliz. Pero también a menudo quería leer sobre los problemas de los demás, sobre sus dificultades, sobre su fuerza, su resolución, su tristeza. Y a veces necesitaba canciones tristes. Incluso, muy de vez en cuando, me sorprendía buscando películas tristes. Siempre encontraba a ese autor, músico o cineasta que satisfacía mis necesidades. Lo entendí: igual había alguien al que le gustara mi historia, aquella que sonaba a blues desafinado. Igual no importa tanto desde dónde escribas, siempre que escribas pese a todo.  Así que, queridos lectores, “perdonen la tristeza”.


Foto:  Pinterest. Jenna Paddey Art

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