Tempus, Nerea Riesco



¿Y si tuvieras todo el tiempo del mundo y no fuera suficiente? La vida de la joven Daniela Green cambia para siempre cuando su padre, el prestigioso profesor Leonard Green, es brutalmente asesinado en su despacho de la universidad de Cambridge. Aún conmocionada por la noticia, Daniela recibe la llamada de uno de los alumnos de su padre, Richard Chanfray, quien le informa de que corre un grave peligro y de que él es la única persona en quién puede confiar. El enigmático joven dice encontrarse en posesión de un importante secreto... un secreto que pondría en riesgo la integridad de un grupo de personas que están dispuestas a todo para proteger su modo de vida. A partir de ese momento, Richard y Daniela emprenderán una vertiginosa huida sorteando los peligros que encontrarán a su paso, incluidos los provocados por sus propios sentimientos.


  La portada de esta entretenida y recomendable novela captó mi atención gracias a la silueta del siempre imponente Big Ben que se aprecia recortada entre la niebla bajo un plomizo cielo inglés. Después de que esta cautivadora estampa me obligara a detenerme ante este libro, fue la sinopsis la que me convenció de añadir este título a mi infinita lista de lectura: prometía suspense, acción y romance. Definitivamente, necesitaba leerlo.


  Sin embargo, lo que me encontré durante la lectura me sorprendió. No porque no me gustara ni mucho menos, sino porque no me lo esperaba. Estoy hablando de la amalgama de géneros que Tempus engloba: es una novela policíaca y de ciencia-ficción con una importante trama fantástica que hacia el final se deja llevar por unos derroteros románticos algo apresurados.


  Esta diversidad lejos de abrumar al lector, le engancha y le entretiene a través de un base argumental sólida - el asesinato de Leonard Green - de la que se desprenden algunas subtramas interesantes aunque manidas, como la investigación del inspector Abberline de la Scotland Yard, y otras subtramas más originales como la de los viajes en el tiempo a través de los agujeros de gusano o como la de los secretos que guardan algunos de los inmortales que viven entre nosotros.


 
  


 
Universidad de Cambridge
 

  La historia de Daniela y de Richard se sucede a lo largo de una frenética huida que apenas dura cuarenta y ocho horas y durante la cual deben resolver un crimen, investigando a caballo entre las tinieblas más oscuras de la historia, los últimos adelantos científico-tecnológicos acaecidos y las amenazas personales que se ciernen sobre ellos.







  La novela está repleta de acción, de giros y de intriga pero, también, de pasajes eminentemente divulgativos que brindan al lector  de forma amena un extraordinario torrente de datos y curiosidades sobre física cuántica, el CERN, las últimas hipótesis sobre el origen y el devenir del universo o, en otro orden de cosas, sobre la historia europea del siglo XIX, sobre los crímenes de Jack el Destripador y el barrio Whitechapel... El trabajo de documentación de Nerea Riesco ha debido de ser notable pero, sin embargo, me parece más elogiable el arte con el que ha sabido encajarlo de manera natural con la trama, los personajes y la ambientación. 


  La historia avanza de la mano de un narrador omnisciente a cuatro voces (Richard, Daniela, el inspector Abberline y la inmortal Liz) a un ritmo poco constante que se precipita en la construcción de las relaciones entre los personajes (sí, hay instalove) y en la sucesión de los hechos, pero que decelera y se recrea en la composición de las atmósferas y en la transmisión de pasajes históricos o de noticias científicas.


 La pluma de Nerea se caracteriza, además de por su capacidad divulgativa, por ser ágil y correcta, de lectura agradable y por deleitar en ocasiones a los lectores con una prosa detallista, nostálgica e inspiradora. 



 
(New) Scotland Yard, Victoria Embankment, Westminster, London
  
 Por su parte, los personajes de la trama principal se mueven en una atmósfera dominada por la urgencia en la que el telón de fondo, Londres y otros escenarios británicos, queda desdibujado (al contrario de lo que ocurre en los fragmentos del pasado, en los que el protagonismo de la urbe inglesa lo ocupa todo).


 En este punto, en el de la valoración de los personajes, no puedo evitar comentar que me ha descolocado que la autora de una voz narrativa propia (es decir, que leamos desde su punto de vista) a personajes cuya participación en el relato es extremadamente breve (como a un portero o a un agente de aduanas). Algo parecido me ha ocurrido con la extensa presentación que en la novela se hace de cada inmortal que entra en escena, aunque luego su incidencia en la trama sea escasa.



  Al contrario de lo que suele ocurrir en muchas historias, en este caso los antagonistas están poco desarrollados, son planos. En particular, a Liz se la presenta como  a una mujer fría, cruel y celosa pero no se ahonda en el porqué de su comportamiento o se muestran otras facetas de su personalidad. En cuanto a la construcción del personaje de  Nicolás, la considero algo errática ya que no logro entender sus motivaciones o, en su caso, sus contradicciones.



 
Imágenes del booktrailer
  Continuando con los personajes, Richard Chanfray es un personaje hecho para agradar, pensado para que guste al lector y que cumple su cometido. Al menos, conmigo. Aun identificando clichés en su personalidad y en su historia, es un personaje que gusta y con el que apetece encontrarse en una novela (lo mismo que ocurre con su amigo Alessandro). En cuanto a nuestra protagonista, a Daniela, me encanta su frescura - si bien no podemos decir que es un personaje poco trillado en la novela contemporánea- y me gusta como se desarrolla su complicidad con Richard, cómo interactúa con él.


  El juego que ambos mantienen aporta humor al relato y sus diálogos enganchan más que las intrigas que se van encontrando por el camino. No obstante, opino que cuarenta y ocho horas, por intensas que sean, no son suficientes para la historia de amor... ¿Por qué no un par de días más y así no había un"pero" en la historia?


  Aunque quizás chirrían menos, otras dos pegas que han empañado la lectura son el segundo plano al que se relega la muerte de los padres de Daniela (en una cabeza adolescente, la reciente pérdida  de los progenitores estaría muy presente) y lo inacabada que queda la trama de la Scotland Yard. Después de haber seguido desde dentro la investigación con Abberline, esta línea argumental queda en el aire.


 Otros elementos a valorar de la novela, son el epílogo y el anexo. Ambos, en conjunto, componen un broche final perfecto para la novela. El epílogo, del que no quiero desvelar nada, hace que el final de la novela gane muchos puntos después de un desenlace algo confuso, es inmejorable. Y el anexo nos da todas las respuestas a las muchas preguntas que nos surgen tras la lectura.


En definitiva, una novela divertida, adictiva y muy entretenida que gustará a los amantes de una ciencia ficción descafeinada o a los aficionados al género policíaco que busquen historias originales.

La librería del Señor Livingstone, Mónica Gutiérrez


 Agnes Marti es una arqueóloga en paro que se ha mudado a Londres en busca de una oportunidad laboral. Una tarde, desanimada y triste por su poco éxito profesional, tropieza en el corazón del barrio del Temple con el pomo de una puerta en forma de pluma, el sonido de unas lúgubres campanillas y el hermoso rótulo azul de Moonlight Books. 


  La librería, regentada con encantador ceño fruncido por Edward Livingstone, debe su nombre a un espectacular techo de cristal que permite contemplar la luna y las estrellas en las noches despejadas. Intrigada por la personalidad y el sentido del humor del señor Livingstone, Agnes decide aceptar la oferta de convertirse en ayudante del librero mientras continúa su búsqueda de trabajo. 


  El té de la tarde en el rincón de los románticos, las visitas de Mr. Magoo, las conversaciones con la bella editora de Edward, las cenas junto a la chimenea del Darkness and Shadow y la buena lectura convencerán a Agnes de que la felicidad está en los pequeños detalles cotidianos. Pero aunque Moonlight Books podría parecer un oasis de paz en el acelerado Londres, las extrañas campanillas de su puerta darán paso a los sucesos más inesperados: una noche de tormenta, el inspector John Lockwood... 




  Si no has disfrutado de esta novela aún, estás de suerte porque te puedo asegurar que tienes por delante, si finalmente te adentras en su lectura, unos ratos deliciosos. Unas horas que a mí, tras haber finalizado el libro, me encantaría haber pasado en una tarde de lluvia bajo una manta y con una humeante taza de chocolate. Así, me habría imbuido aún más en la londinense atmósfera que esta preciosa suerte de cuento navideño recrea.


  El entusiasmo que desprende esta crítica se debe a que , a veces, una se cruza en su camino con libros que parece que han sido escritos pensando en ella, con unos personajes, una ambientación y unas referencias o una inspiración mejor elegidos que si una misma hubiese pensado en ellos. Esta novela feelgood llegó a mis manos porque, primero su preciosa portada y después su sugerente sinopsis, atraparon poderosamente mi atención. Después, caí en la cuenta de que la autora me era conocida debido a la buena acogida que sus anteriores novelas tuvieron en el mundo blogger y debido, también, a que ella, Mónica, escribe en el blog Serendipia.


  Nunca me llamó la atención, hasta que di con Mónica Gutiérrez, el género feelgood. Ahora, me declaro amante del mismo y espero con impaciencia el momento en que pueda encontrar un rato para disfrutar de otra de sus historias.


 
Pero, ¿por qué me ha gustado tanto La librería del Señor Livingstone? Porque es un libro para, perdón por la redundancia, amantes de los libros. Un libro para lectores voraces que adoran las reflexiones literarias, las referencias a autores y títulos, las citas y que aprecian que, en ocasiones, la metaliteratura parezca, sencillamente, un personaje más. Pero, también es una divertida historia de enredos, una tierna historia de amor (no, necesariamente, en el sentido más romántico del término) y, también, una oda al optimismo y  un dulce alegato humanista. Porque  esta novela está tan sumamente bien escrita que leer es un placer (¡he subrayado la mitad del libro!).

 Y, quizás, también me haya deslumbrado tanto esta historia porque desde el primer momento me he identificado en gran medida con Agnes, su protagonista: arqueóloga en paro fascinada por las librerías que busca en Londres la manera de realizarse profesionalmente. Si me hubiese ido a Londres a probar suerte con la Arqueología tras acabar el Máster y acudir a varias excavaciones en lugar de exiliarla al rincón de los complicados sueños rotos, decididamente habría creído que Mónica hablaba de mí.


 Cuando Agnes está a punto de tirar la toalla, cansada de deambular por un frío y solitario Londres, se topa, calada hasta los huesos, con Moonlight books: una peculiar y mágica librería en Temple que cuenta con una claraboya para ver las estrellas en las rarísimas noches de cielo despejado, con el diario del famoso explorador escocés Livingstone presidiendo  en una vitrina el vestíbulo, con un Oliver Twist del siglo XXI de madre ocupada y habilidades sociales limitadas, con un rincón de los románticos para tomar el té y con un incansable escritor residente nada aficionado a acudir al  Starbucks a escribir como hacen sus análogos, entre otras muchas particularidades.

 Tal curioso y, al tiempo, encantador comercio es regentado por Edward, descendiente del antes mentado misionero anglosajón y librero de profesión. Al contrario que su antecesor, el espíritu intrépido y aventurero de Edward acaba en el mismo umbral de su librería, en la que pasa el tiempo enamorándose una y otra vez de las letras y de su editora favorita, Sioban. Edward, con una exquisita educación inglesa, hace gala de una lengua afilada y de un humor algo cínico y ácido que provocan en el lector un montón de sonrisas cómplices.

   Agnes comienza a trabajar para Edward y su vida comienza a cambiar. Ahora, Londres ya no se le antoja tan oscuro ni tan solitario ni tan triste... Ahora, en su vida cotidiana, ya no solo estará su alegre compañera de piso Jasmine, sino que empezarán a desfilar por ella personajes divertidos y carismáticos: el niño Oliver que pasa las tardes en el piso de arriba de la librería entre libros de astronomía, el propio librero, la editora, el contable, Charlie, sastre del establecimiento vecino, la Señora Dresden, la cliente más fiel y extravagante de la librería... Moonlight Books, en definitiva, constituye un refugio acogedor y hogareño del que uno no quiere salir jamás. 

 A raíz de la misteriosa desaparición del diario del famoso aventurero, entra en escena Jhon Lockwood, amigo de Sioban e inspector, que, a modo de favor, investiga, pese a las iniciales reticencias de Edward, el presunto hurto del ejemplar y que, de mientras, cae rendido ante la nueva librera, Agnes. Es con la línea argumental que Jhon protagoniza, con la que toma relevancia en la novela el divertidísimo toque cómico de enredos, casualidades y malentendidos que recorre varios escenarios de Londres y cercanías y presenta a nuevos personajes. Simplemente, irresistible.





  En resumen, la ambientación es mágica, los personajes son cautivadores y el argumento es la excusa vehicular perfecta para combinar los dos elementos anteriores. La novela avanza a un ritmo adecuado, puede que lento para algunos, perfecto para cada detalle que Mónica hilvana con una magnífica destreza en una pequeña y sencilla aventura urbana contada a través de un narrador omnisciente con una deliciosa pluma y una forma de narrar evocadora y repleta de guiños. 







La ciudad de las Sombras, Victoria Álvarez



En 1923, Helena Lennox tiene diecisiete años y un único deseo: sustituir las calles de Londres por una vida de aventuras y excavaciones en tierras lejanas. En consecuencia, cuando sus padres se marchan a la India para investigar la desaparición de unos arqueólogos, ella decide acompañarlos… unos días después y a escondidas.


Son muchas las leyendas que circulan en torno a la ciudad fantasma de Bhangarh, pero Helena nunca ha creído en las supersticiones. No obstante, el príncipe Arshad de Jaipur (sí, ese que odia a los ingleses) le insiste en que se equivoca: Bhangarh está maldita y al anochecer, cuando el palacio real se tiñe de oscuridad, todo el que se adentra en sus muros desaparece sin dejar ni rastro.


En su recorrido por la exótica India de los años veinte, Helena se ve envuelta en una investigación en la que sólo una verdad parece salir constantemente a la luz: nadie regresa de la ciudad de las sombras.







  La ciudad de las sombras es una novela de aventuras clásica dirigida a un público eminentemente juvenil que cuenta con dos atractivos irresistibles: la ambientación y los protagonistas. El escenario primordial es la India de los años veinte, Jaipur en concreto, y los personajes principales son Helena Lennox, hija adolescente de dos reputados arqueólogos, el combativo y anticolonialista príncipe Arshad y Miles, un abogado inglés en ciernes.


  La verdad es que estos ingredientes suenan genial y, si a eso, sumamos la preciosa portada del libro y la cuidada maquetación del mismo (con ilustraciones interiores de Lehanan Aida) el resultado es demasiado tentador. Por ello, aunque llevaba un tiempo alejada de la literatura juvenil, finalmente La ciudad de las sombras cayó en mis manos. Además, era la oportunidad perfecta para probar la pluma de Victoria Álvarez, elogiada por numeroso bloggers con respecto a anteriores obras suyas como la saga Dreaming Spires.


 
Hawa Mahal, Jaipur, s XX
  Esta novela me ha resultado entretenida e incluso a ratos ha conseguido trasladarme a las abarrotadas calles de Jaipur. Los escenarios, ya de por sí exóticos, como Jaipur y Bhangarh (la ciudad de las sombras) funcionan a la perfección como telón de fondo para acoger a un ritmo vertiginoso unos acontecimientos al más puro estilo Indiana Jones. Sin embargo, la recreación de tales lugares en los años veinte está lograda pero la autora no profundiza en ellos y, aunque es aceptable dado que no se trata de una novela de género landscape, en ocasiones he sentido la miel en los labios cuando, por encima, Victoria describía con una prosa directa y nada profusa en detalles, los olores, los colores, el paisaje, las construcciones, la comida, las gentes, las castas, las costumbres... y, sobre todo, el conflicto colonial.

 ¡Necesitaba más ambientación!



 
   Por otro lado, son varios los temas que se desprenden de la lectura. Algunos de ellos son los matrimonios concertados en la India, el contraste social con una metrópoli, Inglaterra, sumida en las transformaciones económicas y sociales del siglo XX, el anhelo de autodeterminación de la nobleza india, el sentir popular de las castas inferiores respecto a sus marajás y respecto a los insurgentes movimientos de independencia, etc. Me ha resultado verdaderamente interesante leer, aunque fuese de pasada, acerca de estos fenómenos. Estas pinceladas, imprescindibles para una buena ambientación, contribuyen a que el lector se sumerja en la atmósfera que acoge los hechos.



   El argumento no se enreda en subtramas y se avanza sin distracciones hacia la resolución del misterio que ha llevado a nuestros protagonistas, los Lennox, a la India: la desaparición de unos compañeros arqueólogos en misteriosas circunstancias. Quizás los sucesos no son los más originales y los giros, presentes hacia el final de la novela, tampoco es que vuelvan loco al lector. Yo, al menos, tenía con frecuencia la impresión de estar disfrutando de una historia que ya había leído en alguna parte o visto en la televisión... 

 
  Pero es que la verdadera joya de este libro es el elenco de personajes desarrollado por la autora. 
Por su parte, Helena Lennox es una adolescente (a veces un poco anacrónica) que va a hacer las delicias de los lectores: divertida, valiente, algo inconsciente, aventurera, inconformista... Sin embargo, son sus padres, Lionel y Dora, los que me han robado un poco el corazón. A pesar de autodenominarse arqueólogos y de trabajar para instituciones británicas oficiales, son dos enamoradísimos expoliadores que viajan por el mundo investigando para la corona británica (y de paso haciéndose con suculentas piezas) y tratando, de mientras, de procurar una esmerada educación a su hija. Son dos personajes divertidos, tiernos y, sobre todo, algo cínicos que aportan mucha frescura al relato. 


  Otros personajes a destacar aparte de la familia Lennox, son Miles y el Marajá Arshad. Miles es un joven y atormentado abogado inglés con problemas familiares que se convertirá en el compañero de viaje y de aventuras de Helena. Arshad es un marajá de Jaipur que odia a los ingleses, que, de hecho, promueve la resistencia organizada contra estos, que no cree en el sistema de castas y en cuyo camino se cruza irremediablemente la insoportable Helenna. 


  Al igual que con la ambientación, en cuanto a los personajes me he quedado un poco con las ganas... Su construcción y su desarrollo me han encantado pero las relaciones que se tejen entre ellos se me antojan precipitadas (sobre todo cierto "instalove") y poco creíbles. Quizás algunas escenas más habrían solucionado el problema.

 La extensión de libro es pequeña, son 472 páginas de letra grande y espaciada que se leen rápidamente gracias a un ritmo veloz, a unos capítulos cortos, a la abundancia de diálogos, a una agradable narración en primera persona y a un pluma sencilla y directa.


En conclusión, os recomiendo esta lectura a quienes busquéis una novela corta, divertida y repleta de aventuras.




Herbarium. Las flores de Gideon, Anna Casanovas


      

Herbarium. Las flores de Gideon, es una novela romántica de la autora Anna Casanovas publicada en 2016 por la editorial Titania y cuya lectura, fomentada por una sinopsis que prometía secretos familiares, descripciones de Oxford y su biblioteca Bodleiana, y referencias literarias a Jane Eyre, ha constituido una verdadera sorpresa.


No había leído ninguna obra de esta prolífica autora. Tampoco soy una lectora habitual de este género, cuyos títulos normalmente no me generan ninguna expectación. Sin embargo, este libro me ha cautivado y, desde que lo leí, lo llevo recomendando encarecidamente (y a quienes me han hecho caso, les ha encantado).


Herbarium. Las flores de Gideon despliega dos líneas argumentales en principio independientes y ambas las ambienta en Oxford. La principal tiene lugar en el presente y su protagonista es Sarah. La secundaria se sitúa en los albores de la Segunda Guerra Mundial y se centra en el personaje de Gideon. Desde el comienzo de ambas tramas, las dos historias de amor se aderezan con toques de novela histórica, de novela negra y, sobre todo, de saga familiar.


En la actualidad, Sarah, que trabaja investigando en Brasil, se enfrenta a la muerte de su padre, lo que le hace regresar a Oxford para hacerse cargo de sus asuntos y para cuidar de su abuela, quien padece un alzheimer bastante avanzado. Pero su regreso no es sencillo. Por un lado, la muerte de su padre resulta no haber sido fortuita o accidental. Por otro, Sarah, debido a secretos que más adelante saldrán a la luz, no mantenía relación desde hacía años con su familia y tampoco con amigos o compañeros, como Liam, a los que abandonó sin mirar atrás cuando decidió dejar Inglaterra poniendo mar de por medio.


En los años cuarenta del siglo XX, Gideon tuvo que dejar de lado los negocios familiares para acudir al frente (primero a Londres y luego al pirineo francés) en nombre de su país. A su regreso, la relación que hasta entonces había mantenido con su amada Sylvia se vio perjudicada por secretos que tardarán más de cincuenta años en esclarecerse y que aún ponen en peligro ciertos lazos familiares y la propia vida de los implicados.


Esta novela, organizada en dos tiempos, narrada con un estilo muy personal y relatada en primera persona pero a cuatro voces (Sarah, Liam, Gideon y Sylvia) envuelve al lector de manera adictiva en un remolino de incertidumbre a través de unos personajes bien construidos y de un ritmo equilibrado que si bien no confieren un carácter adrenalítico a la lectura, tampoco hacen que la trama se desenvuelva en torno a un timing relajado, como suele ser habitual en las novelas románticas.
Además de su capacidad para conseguir que el lector no pueda dejar de leer, destaco del libro la habilidad que Anna demuestra para evocar una ambientación perfecta (el Jardín Botánico , el College, la mansión Milton Manor...) a través de detalles y breves descripciones, así como para generar interés por temas colaterales que se desprenden de la lectura como la botánica o la novela Jane Eyre.


Si tuviera que poner una sola pega a esta preciosa historia, diría que la autora dota al personaje de Sarah de una inmadurez poco habitual para alguien de tan solo 23 años y a Liam de una perfección (interesante, atractivo, maduro, con gran éxito profesional, deportista, misterioso, sensible...) que roza la irrealidad cuando, por el contrario, el resto de la novela se ciñe a una verosimilitud totalmente asumible por el lector.


En conclusión, os recomiendo totalmente esta novela. No dejéis de probar la pluma de Anna Casanovas, no os dejará indiferentes. 

La llamada del crepúsculo, Sarah Lark

 
 


  La llamada del crepúsculo es la primera obra de la autora, al menos bajo el pseudónimo de Sarah Lark, dirigida a un público eminentemente juvenil, aunque su lectura también es apta para cualquier seguidor de la escritora que le apetezca atreverse con una novela más ligera que las que Sarah acostumbra a ofrecernos. Pero es, quizás, justamente esta desafortunada asociación, la de “juvenil” y  “ligero” o “fácil” la que, en parte, da al traste con la primera incursión de la consagrada autora en la literatura juvenil.


  



  Esta novela, ambientada en una preciosa Irlanda verde y mágica, sigue a través de un narrador omnisciente los pasos de Viola, una adolescente de origen alemán que viaja a la isla de pasado celta para pasar el final de ese verano y el comienzo del siguiente curso escolar con su padre y con su futura madrastra. Allí, conocerá a Ahi, un enigmático joven por el que se sentirá atraída de manera casi sobrenatural… y junto con el que descubrirá que las leyendas y los mitos siguen poblando esas tierras.


  Creo que no hacía falta que incluyeran la palabra “crepúsculo” en el título de la novela para que fuéramos capaces de establecer más de una similitud con cierta saga juvenil fantástica que arrasó en el panorama literario y cinematográfico hace unos años… Y, sea dicho de paso, también sostengo que no ha pasado el tiempo necesario para que esta novela pueda considerarse un resurgimiento del género o un homenaje…, sino que más bien me viene a la cabeza el término “oportunismo”. No obstante, he de dejar claro que me parece bien que cada uno escriba lo que le apetezca y que se atreva a probar géneros y estilos nuevos. Pero, Sarah, esta vez no has dado en el clavo como en anteriores ocasiones (¡vuelve al landscape, por favor!).


¿Qué funciona de La Llamada del crepúsculo?


  La ambientación, por supuesto. Sarah es una maestra en la construcción de evocadores escenarios en los que los lectores, en tan solo un par de páginas, somos capaces de  sumergimos plenamente. Las montañas, los lagos, las tabernas, el característico clima, la música en directo, los kelpies y los selkies, la vida rural, el carácter de los irlandeses, el hurling… todo ello hace que la lectura sea un agradable paseo por el camping Lovely View, por el instituto del pueblo o por Dublín con la compañía de personajes simpáticos como Patrick,Shawna, Katja o el perro Guinness.


Y, ¿qué no funciona de la novela?


  Por un lado, un argumento demasiado manido a estas alturas basado en un amor adolescente tóxico y obsesivo adornado con toques mitológicos y folclóricos. Por otro, una protagonista maleable, con poca personalidad y de la que, además de su obsesión con Ahi, apenas sabemos nada.


  Otros atributos a comentar de la novela, además de los ya mencionados como la ambientación, el argumento y la construcción de los personajes, serían un  estilo fresco y sencillo, bien adaptado a unos personajes tan jóvenes, y  un ritmo apropiado y favorable con capítulos cortos y una narración plagada de diálogos.


 
  

  Para acabar, cabe destacar los procesos de corrección y maquetación en los que no se aprecia  a simple vista ningún error y que hacen que, al menos en la edición física en tapa blanda que es la que he manejado, la experiencia de la lectura sea muy satisfactoria. Como contrapunto, señalaría que sí existe un descuido que achacaría directamente a la autora o al proceso de corrección de contenidos (si ha habido) y que tiene que ver con una errónea referencia histórica a los dólmenes de Irlanda (de los cuales sí se conoce cronología y responsables, y no, no siguen entrañando un oscuro misterio como aseguran en la lectura).






  Entonces, ¿os recomiendo la lectura? Pues, sinceramente, tan solo os la aconsejaría si os declararais acérrimos fans de la autora y quisierais leer todo de ella o si os apeteciera por cualquier motivo sentiros durante un rato en las verdes y húmedas tierras del país gaélico.

Recomendación: Mottainai. Diario de un hombre roto, de Javier Olasagarre Ibaibarriaga


  Hoy vengo a hablaros de Mottainai. Diario de un hombre roto, un libro que recomiendo fervientemente, un inesperado sincericidio que cuesta digerir, una lectura que no ha sido fácil... Con la reseña me ha pasado lo mismo. Por ello, a pesar de mis impresiones iniciales, os animo a que leáis  la reseña hasta el final para comprender por qué debéis invertir vuestro preciado tiempo en leer a Javier Olasagarre.

Mottainai. Diario de un hombre roto, de Javier Olasagarre Ibaibarriaga no es una lectura al uso (al menos para mí) y, como tal, tampoco esta puede ser una reseña al uso. En primer lugar, no es una novela porque no cumple los parámetros que las definen, esos que desde pequeños sabemos identificar (introducción, nudo y desenlace). Es un diario. Me diréis que hay multitud de novelas narradas en este tipo de formato (hasta obras cumbres de la literatura como Crónica de una muerte anunciada del querido Gabriel García Márquez). Lo sé, pero insisto, no es el caso.


   Acudimos al diario de un hombre que nos narra en primera persona un jueves habitual en su vida, hora tras hora. ¿Una vida de película? No. ¿Un jueves ordinario en el que sucede algo extraordinario? Realmente no. ¿Una vida corriente pero cuyo interés radica en que pertenece a  una sociedad o a una cultura sumamente diferente a la nuestra? Tampoco. ¿De verdad narra hora tras hora  una jornada diaria en la que no sucede nada? Sí, he ahí, de hecho, el quid de la cuestión. No pasa nada.

Llegados a este punto, me imagino recomendando la lectura a un amigo (hecho que sucederá de forma real en un futuro cercano):

— ¿Engancha? 


— No. Tampoco lo pretende.


— ¿Entretiene?


— Ni lo más mínimo.


— ¿Sirve para aprender, traslada conocimientos al lector o aporta algo nuevo al panorama actual o pasado de la literatura? (Vale, admito que seguramente mi amigo no me haga esta pregunta, pero, al fin y al cabo, esto es un reseña).


—  No. Nada de nada.


— Entonces, ¿por qué te ha gustado el libro? ¿por qué debería leerlo? 


— Por tres razones: porque seguramente hará mucho tiempo que no leas algo con una prosa de tal calidad. Porque este diario es capaz de llevar la crudeza a su exponente más alto con la crítica a la cotidianidad occidental del siglo XXI como única bandera. Porque la lectura emana tal pesimismo que lucharás contigo mismo por no sentirte identificado con el protagonista y, sin embargo, en algún momento, te verás reflejado en las palabras de este pobre hombre. Y como decía Neruda, “esa y sólo esa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”. 


  ¿Aún no te he convencido? No pasa nada. Estoy segura de que nuestro protagonista (del que nunca conocemos su nombre) tampoco dejaría convencerse de hacer algo solo porque un blog o una red social se lo recomendase. Pero, si te interesa el devenir de nuestra sociedad en estos tiempos competitivos, digitales, consumistas, mentirosos, ansiosos… no dejes de leer a Javier Olasagarre. Con un estilo directo (a veces, incómodamente directo), un ritmo ágil, una lengua afilada, una pluma versada y unos recursos literarios propios de una mano experta hace gala del don´t tell me, show me que tanto nos gusta a algunos lectores (los cascos y la música para enfatizar el aislamiento, la lluvia incesante para potenciar el frío, la tristeza y la soledad de las grandes ciudades, etc…) y dibuja un retrato feroz y real del tiempo que nos ha tocado vivir.


No creo que esta vaya a ser su obra maestra, todo hay que decirlo, pero sí le auguro una trayectoria literaria digna de ser seguida de cerca, a través de la cual no dejará de reunirnos con nosotros mismos para pasarnos revista y recordarnos que la vida es otra cosa. 



Pincha aquí para obtener más información sobre el libro o para conocer a su autor.

Perdonen la tristeza


  Siempre me dijeron que sería escritora. Y de las buenas. Me lo repitieron profesores, familiares, amigos… y, por qué no decirlo, también algún que otro jurado de concurso literario. Esa certeza ajena, esa predicción popular, me acompañó durante mucho tiempo a modo de maleta y, también a veces, a modo de escudo. De maleta, porque en mi cabeza lo mejor siempre estaba por llegar: porque un día tendría que irme corriendo a un lugar lejano a documentarme para un reportaje de plena actualidad o, quizás, debería acudir a un rincón olvidado a rescatar con un artículo su encanto turístico o, sencillamente, un día buscaría un lugar exótico en el que inspirarme para mi primera novela. Esa misma profecía de andar por casa, la de que mis historias llenarían páginas, también fue una cómoda trinchera en la que aguantar cuando el resto de mis planes fueron cayendo uno a uno, cuando ya no podía ser arqueóloga, ni profesora ni, a veces, feliz: cuando no quedaba cuartel en el que refugiarse. 


  Y ese era el problema, que siempre acudía a la pluma cuando no podía más. Cuando la vida me vencía y los malos campaban a sus anchas por mi cama. Sabina dice que no escribe canciones cuando es feliz. Y yo le creo. Sus mejores versos — que siempre son los más tristes— no pueden nacer sino de la verdad. Pero, ¿y si ese retiro, el de la desdicha, está reservado para los genios? ¿Debemos el resto de los mortales escribir desde la serenidad? 


  Formo parte de la generación perdida. Más en concreto, del sustrato más humilde de la generación perdida: el que estudió gracias a becas y a trabajos a media jornada. Y, seamos puntillosos, soy, además, parte de ese bizarro colectivo de idealistas que, contra toda recomendación, estudió “letras”. Los míos, titulados en plena crisis, sin apenas recursos y con una formación que la sociedad española se empeña en desvalorizar — cuando no en ridiculizar— no estábamos perdidos, estábamos en un puto laberinto sin salida y, sin ni siquiera, una de esas grietas de las que hablaba Cohen, esas que hay en todo, por las que entra la luz.


  Ahí, en ese laberinto de altos muros de hormigón armado, en la oscuridad, me insistían: “escribe, escribe, escribe”. Pero yo no podía: tenía planes que trazar,  trabajos que encontrar, facturas que pagar, ansiedades que calmar, deudas que saldar y relaciones que salvar. Sin embargo, en ocasiones, me percataba de la que juventud se me estaba escurriendo entre los dedos y se me ocurría que si no tenía tiempo para vivirla, al menos podría escribirla ( “algunas veces vivo y otras veces la vida se me va con lo que escribo”). Y era entonces cuando pensaba en la frase Sabina y me preguntaba: “¿Cómo se escribe desde la tristeza?” Todo lo que tecleaba en mi viejo portátil sonaba a blues desafinado, nunca conseguía escribir “la historia  más hermosa del mundo”.


  Desencantada de la escritura, me volqué aún más en la lectura. Leer para viajar, leer para aguantar, leer para no estar . Y me topé en la red con un “escribir pese a todo, escribir pese a la desesperación”. Lo dijo una tal Marguerite Germaine, autora del siglo XX. Continué navegando y llegué a un blog sobre literatura, uno de tantos, ni siquiera estaba entre los que suelo visitar habitualmente. En él, la autora explicaba: “En tiempos oscuros la ficción es más necesaria que nunca. Porque necesitamos, como sociedad, creer que las relaciones humanas sirven para algo más que para que cada cual busque medrar, que procurar el bien ajeno es un rasgo positivo, que el mal existe, pero se le puede combatir. Aunque sea en una galaxia muy, muy lejana…”.


  Solo entonces comprendí la escritura desde el otro lado: desde el que lee y no desde el que escribe. Yo quería escribir felicidad porque deseaba ser feliz. Pero también a menudo quería leer sobre los problemas de los demás, sobre sus dificultades, sobre su fuerza, su resolución, su tristeza. Y a veces necesitaba canciones tristes. Incluso, muy de vez en cuando, me sorprendía buscando películas tristes. Siempre encontraba a ese autor, músico o cineasta que satisfacía mis necesidades. Lo entendí: igual había alguien al que le gustara mi historia, aquella que sonaba a blues desafinado. Igual no importa tanto desde dónde escribas, siempre que escribas pese a todo.  Así que, queridos lectores, “perdonen la tristeza”.


Foto:  Pinterest. Jenna Paddey Art